Entre el viernes 14 y el lunes 17 de marzo, un gigante de Wall Street desapareció. Bear Stearns, el quinto banco de inversión más grande en Wall Street perdió más de US$ 10,000 millones —el equivalente al 80% de su efectivo disponible— en el transcurso de un solo día. Enfrentado con una derrota inminente del antiguo pilar de Wall Street de 85 años, la Reserva Federal (Fed) trabajó para orquestar un rescate de Bear que es, en efecto, una liquidación ordenada. A través de su ventana de descuento, la Fed prestó a JP Morgan Chase el dinero que Morgan utilizó para adquirir el 44.9% de las acciones de Bear. Quedó la Fed con US$ 30,000 millones en bonos que el mercado no quiere comprar, como garantía del préstamo que extendió a Morgan. El Tesoro de EE.UU. dio su consejo y consentimiento al trato sin precedentes.
Los bancos fracasan todos los días en EE.UU. ¿Por qué es importante la caída de Bear? Una razón es su tamaño, pero hay otras: la velocidad con la que las crisis de fondos se desarrollan y por su desenlace; la duración de la crisis en el sector financiero; la globalización del sistema financiero; la erosión de las diferencias entre los bancos comerciales y los de inversión; la disyuntiva entre innovación financiera y riesgo de gestión y regulación; el desarrollo de nuevos instrumentos políticos, y la importancia vital de transparencia y confianza.
La mala racha de una institución financiera puede venir de cualquier parte y puede ser derribada por la noche. ¿Qué provocó la mala racha de Bear que agotó sus fondos? Los rumores fueron los culpables de lo sucedido. Nada que los mercados no supieran ya sobre Bear salió a la luz el 12 de marzo. Pero, una vez que algunas instituciones se rehusaron a entrar en transacciones con Bear, otros lo siguieron, por si acaso. Cuando hay dudas acera de la liquidez, es prudente evitar exposición ahora y averiguar luego. Los rumores de problemas de liquidez se convirtieron en problemas de liquidez —una profecía que tiende a cumplirse por su propia naturaleza— que puede —y así fue en el caso de Bear— convertirse en un problema de solvencia.
A pesar de que Bear cayó en el curso de una semana, tomó nueve meses antes de que llegara esa semana. La confusión en los mercados financieros se prolongó más y más, extendiéndose de CDOs (obligaciones de deuda apoyados por colateral) hipotecarios de alto riesgo al mercado de auction rate notes a aseguradores de bonos de créditos de alta calidad. El anuncio de Bear del pasado mes de junio de que dos de sus fondos invertidos en créditos de vivienda de alto riesgo estaban en problemas ayudó a desencadenar los problemas que todavía existen en el sector financiero. En el otoño pasado, Bear recibió inyecciones de capital (de inversionistas ricos y de Citic Securities de China), y siguió con sus negocios. Esta primavera, meses después, el banco fracasó.
A pesar de que las firmas suelen agregar todo lo que puedan cuando van a afrontar una pérdida, uno o dos trimestres después, los bancos siguen anunciando rebajas del valor del portafolio y pérdidas. El monto del daño a las carteras de los bancos sigue revelándose. Por ejemplo, Merrill Lynch rebajó US$ 22,500 millones en la última mitad de 2007 y otros US$ 6,600 millones en el primer trimestre de 2008, llevando sus pérdidas a US$ 12,500 millones. Citi perdió US$ 9,800 millones en el cuarto trimestre de 2007 y otros US$ 5,100 millones en el primer trimestre de 2008, afrontando rebajas de US$ 18,100 millones y US$ 13,000 millones más, en los trimestres respectivos. No se sorprenda de ver más.
Las pérdidas sufridas por los bancos alrededor del mundo que mantuvieron obligaciones de alto riesgo en sus carteras ilustran lo globalizado que es el sistema financiero. UBS, un banco suizo, rebajó la valoración de su cartera en US$ 40,000 millones entre la segunda mitad de 2007 y el primer trimestre de 2008 y afrontó pérdidas de 24,500 millones de francos suizos. Con la pérdida del primer trimestre, la cantidad de capital que UBS quiere alcanzar asciende a 34,000 millones de francos suizos. Las obligaciones de alto riesgo estaban en las carteras de los bancos europeos y asiáticos, en fondos de pensiones de maestros en Florida y en inversión de cartera de localidades en Noruega. Inversionistas alrededor del mundo sienten las repercusiones de la crisis de alto riesgo.
La diferencia entre bancos comerciales y de inversión que antes era útil ya no está tan clara. Lo que vimos a mediados de marzo es que no solo hay bancos que son “demasiado grandes para fracasar”, pueden ser bancos de inversión —que no regula la Fed— así como bancos comerciales, que deben satisfacer los requerimientos de capital impuestos por la Fed bajo los acuerdos de Basilea. Es el peor de todos los mundos posibles para la Fed, que asumió la responsabilidad de orquestar y financiar el rescate de Bear.
La lucha contra los problemas de liquidez en los mercados de la Fed ha rebajado drásticamente los Fondos de la Fed y las tasas de descuento. (Lo anterior es la tasa que pagan los bancos para pedir prestado de la Fed.) La Fed ha ido más lejos, inventando una sopa de letras de nuevos instrumentos políticos para inyectar liquidez a los mercados. El pasado mes de agosto, la Fed bombeó enormes cantidades de dinero al sistema bancario a través de operaciones de mercado abierto y expandió líneas de cambio con bancos centrales. El sistema bancario de Créditos de Vivienda Federal aumentó los préstamos. Cuando estas acciones no fueron suficientes, la Fed reveló la Treasury Auction Facility (TAF) en diciembre. Eso ha sido complementado por el TSLF (Term Securities Lending Facility) y mediante la apertura de una ventana de descuento a los bancos no comerciales por primera vez desde la Gran Depresión.
El colapso de Bear es la más reciente ilustración de la importancia crítica de transparencia y confianza, especialmente en el sector financiero. Bear cayó por la falta de confianza de los inversionistas en la habilidad de las instituciones para obtener fondos, lo que exacerbó los problemas financieros de Bear. La falta de transparencia creó esta situación: cuando los títulos considerados AAA de repente dejaron de ser AAA, las dudas aumentaron en cuanto a la calidad de las obligaciones en carteras que agotaron la liquidez. Las dudas acerca de la calidad de sus activos provocaron la caída de Bear. Bear no ha sido la única víctima de esas dudas, que se extienden a diferentes clases de obligaciones.
Históricamente, las crisis financieras terminaron costando más de lo estimado originalmente. Esto es cierto para instituciones financieras y para costos sistémicos. El IMF proyecta que la crisis hipotecaria y crediticia de EE.UU. podría resultar en casi US$ 1 billón en pérdidas financieras. Más de la mitad de estas pérdidas —US$ 565,000 millones— estarán en los mercados de hipotecas residenciales y títulos relacionados; el resto, en pérdidas de bienes raíces comerciales, créditos al consumidor y deuda corporativa. Los bancos ya han anunciado pérdidas de US$ 200,000 millones; el IMF estima que hay otros US$ 80,000 millones por reconocer.
Los números son grandes, pero no son inmanejables. La consecuencia inmediata del estallido de la burbuja de la vivienda fue una caída en los precios de la vivienda y una bajada en la construcción residencial. Lo que empezó como una crisis de vivienda se ha convertido en una crisis del sector financiero, un problema mucho más grande. Cuando los bancos dejan de prestar, esto afecta a toda la economía; eso es precisamente lo que la Fed está tratando de prevenir o moderar. La caída de Bear revela qué tan frágil es el sistema financiero todavía. Recuerde, fue una crisis del sector bancario lo que hundió a EE.UU. en la Gran Depresión.
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